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sábado, 30 de mayo de 2009

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Algunos modernos/liberales –ni Dios ni Patria ni Partido ni Nada o eso afirman…- aprecian las cualidades humanizadoras y progresistas del arte, el amor, la creatividad, libertad, la inteligencia complexiva e ideatoria de posibilidades siempre nuevas y tal, y reconocen los valores emergentes de todo ello, pero no buscan explicación a su mayor valer que otras cualidades como la fuerza, la pujanza sexual, las habilidades sociales y estratégicas o el bienestar conseguido mediante expolio, servidumbres y sumisiones negadoras de la libertad.

Simplemente gustan de lo primero, deploran lo segundo, y se aprovechan de lo bueno y fácil que encuentran en cada área, sin plantearse otros problemas de índole más básica, mientras se hacen compañía y se dan coba mutuamente durante y tras el “show”. Plas, plas. Y mañana otra vez, gracias por venir.

Tratan de desatarse de todo compromiso, de toda normativa, pero erigen en tribunal inapelable de la razón a, “La Ciencia” (la cual, así, con mayúsculas no existe, es una utopía irrealizable por la naturaleza misma de las ciencias), y afirman simultáneamente el férreo dominio de unas exclusivas y excluyentes leyes o constantes físicas..... probablemente cuesta mucho ser consecuente con las propias convicciones filosóficas y nadie lo es del todo. Y resulta que hemos estado moviendo oscilantemente entre ideologías opuestas dentro de nuestros propios sistemas ideológicos....

Los agnósticos materialistas integrales han percibido al hombre en su concreción real, y por eso han venido luchando por su autonomía su bienestar y su poder adquisitivo pero, al concebirlo de un modo “zoológicamente” puro no han respetado la especificidad de lo humano, ni en realidad la libertad de pensar, si no es la suya propia.

Tachar a un creyente de poco dotado y de obtuso por el hecho de creer en algo más que en Arthur Jaffe, los bosones, los gravitones - y las bondades de la fundación CIVES - es una actitud totalitaria, intolerante y, sobre todo, injustificada y gratuita o generadora de una petición de principio.

El hombre, sin un horizonte que trascienda a la pura materia y al mero negocio, se asfixia; lo fáctico inerte no le motiva, le deprime, es como si se tratase de un vestuario en el que han empalidecido todos los colores, o de un jardín de plantas de plástico. No acaba de ser su mundo, sino un montaje como la casa de Gran Hermano, el set de “El show de Truman” (del que no se podía salir nunca ni se sabía qué podría haber detrás del telón de fondo) o como la otra ciudad, ideal pero asfixiante, convencional, descolorida e inaguantable, de Pleasantville.

Es su grandeza y la miseria que no puede darse por satisfecho con lo que de sí misma alcanza, pero para transcenderse no tiene en sí recursos ni energía. Pide a su mundo demasiado, lo cual es en absoluto siempre posible, pero no es receptivo de sus posibilidades prácticas ni percibe más allá de su visión pragmática todo lo demás.

Intuitiva y espontáneamente sabemos, aunque sea difícil razonarlo – y, para algunos, imposible: viven y ya está - , que existir es algo más que un proceso bioquímico y que el mundo es algo más que lo que pones en la solicitud de una hipoteca. Y este frágil saber o esta nostalgia da lugar al arte, a la filosofía y a la poesía, incluso la mala; y más allá todavía, o más profundamente, se sitúa el amor...

...Precisamente los agnósticos cultos o con posibles, o con posibles y cultos, saben apreciar como nadie la belleza, el arte, la literatura y hasta la elegancia banal de un par de calcetines...normal, como que se trata de los sustitutivos, indispensables por otra parte, de ese horizonte, superador de la prosa incolora, extenuante pero insípida, del día a día pragmático.

Y cuando no hay aquella capacidad y aquella cultura personalizada, no quedan, para los menos cultos, menos pijos, menos sensibles, sino el sexo casi obsesivo, el gimnasio o la piscina, los deportes, los concursos…más la violencia resentida y la droga. Esto y sólo esto es el universo de posibilidades últimas que la vida les ofrece, lo que le brinda al hombrecito medio de la calle, acaso llegado del quinto pino para hacer compañía a su madre pluriempleada.

Sorprende un poco el contraste: o constreñidos por límites morales y el superar las tensiones que esta sensación de limitación crea acaba dando aliciente a la vida; o sin normas ni reglas, y esa misma libertad de emperador romano, para nada y amorfa, hastía y has de compensar tu ir a ninguna parte con conductas en exceso transgresivas cuya acidez te va destruyendo y al mismo tiempo dando un placer y un encanto decadente y masoca a la vida, que acaba vaciándose de valores y cuyas motivaciones se vuelven predominantemente @#&!!